Bulgarian-born Swiss and British Jewish modernist novelist, playwright, memoirist, and non-fiction writer (1905–1994)
La parálisis entre muerte y muerte: ninguna palabra libre entre medio, ningún paso libre. La parálisis más grave, esa esperanza sin esperanza de que a pesar de todo la supere.
¡Oh, la comodidad de los creyentes que pueden disiparlo todo, que pueden consolarse con la idea de un reencuentro que no les será concedido nunca! ¡Lo que daría uno por vivir en ese mundo tranquilo y virtuoso en el que los muertos sólo se han ido de viaje! En el que basta con llamar adecuadamente para verlos y oírlos, al menos por un breve tiempo, antes de llegar del todo a ellos. En el que se pueden enfadar con nosotros y conseguir así que los calmemos; en el que pasan frío, hambre y sed y se preocupan por los deudos. Mi anhelo de ese mundo de la fe es a veces tan intenso que no soy capaz de concebir otra idea. Veo entonces las sombras de Odiseo y deseo que las mías se encuentren entre ellas. Dibujo su imagen en el vacío y una hábil voz dice en ese preciso instante: ¡Cree, y las tendrás cuando quieras! Pero es esta voz la que me hace entrar en razón. No puedo comprar a mis muertos. No puedo permitir a nadie que negocie entre ellos y yo. Si están cautivos, que me lo hagan saber, y yo pondré todo mi empeño en liberarlos. Si están rendidos, todavía me queda tiempo para dejarme llevar por esa misma terrible rendición/sumisión, y el plazo que tengo hasta entonces, el plazo de la rebelión, es lo más valioso que poseo. Si no están en ninguna parte, no quiero ninguna ilusión engañosa en torno a ellos, allí acaban para mí todas las mentiras y todas las ficciones, allí, y sólo allí, quiero la verdad más pura.
Mi injusticia fundamental frente a los hombres se deriva de mi postura respecto a la muerte. No puedo amar a nadie que reconozca la muerte o cuente con ella. Amo a todo aquel, quienquiera que sea, que la detesta, que no la admite y nunca, en ninguna circunstancia, la utilizaría como medio para alcanzar sus fines. De ahí viene que no pueda aceptar a ninguna persona que hoy en día trabaje como físico o técnico nuclear; a nadie que siga voluntariamente una carrera militar; pero tampoco a ningún clérigo que utilice una vida futura como consuelo por la muerte mientras que a él mismo ni se le ocurre morir pronto; y a nadie que considere el fallecimiento de un pariente o amigo como acertado en el tiempo, como una suerte de cumplimiento de esa vida concreta; a nadie que no sienta vergüenza en vez de satisfacción por la muerte de un enemigo; a nadie que haya puesto el ojo en una herencia... Así las cosas, ¿a quién puedo aceptar, quién no pertenece a una de estas categorías, al menos de vez en cuando o en relación con una u otra persona? Por tanto, mientras exista la muerte, yo, que afirmo la vida sin reserva y sin restricciones, debo condenar moralmente a todo ser humano de acuerdo con una moral que, de hecho, ni siquiera es aplicable. Soy tan consciente de esta contradicción fundamental de mi naturaleza que me exhorto una y otra vez a practicar la mesura y a considerar con más detalle todas las circunstancias cuando, una vez más, he emitido el juicio más duro contra una persona.
É parte desse aprendizado, sobretudo, que estejamos nós próprios impregnados por um modelo, ao qual nos apegamos em todas as circunstâncias, do qual não duvidamos, ao qual não renunciamos, que gostaríamos de alcançar e, no entanto, jamais alcançamos totalmente. Mesmo se o tivéssemos alcançado, jamais nos seria permitido admitir que o fizemos, pois com isso o modelo alcançado perde sua força. Ele só nutre àquele que se vê distante dele. A tentativa de superar essa distância, a tentativa de, por assim dizer, acossar o modelo, deve ser efetuada renovadamente, mas jamais obter êxito. E, enquanto não o obtiver, enquanto a tensão da distância se conservar, o salto em direção ao modelo poderá sempre ser tentado de novo. Importantes são essas tentativas aparentemente vãs — aparentemente, pois é no decorrer delas que acumulamos uma experiência, uma capacidade, uma qualidade após a outra.
Fra le vene più salienti nella vita della massa c'è qualcosa che chiameremmo forse senso di persecuzione, una particolare e irosa suscettibilità, nei confronti dei nemici designati come tali una volta per tutte. Essi possono fare tutto ciò che vogliono, possono essere rigidi e disponibili, impegnati o freddi, duri o miti – le loro azioni sono sempre intese come se scaturissero da un'imperturbabile malvagità.
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Lo habrás puesto en duda, pero seguro que te has deseado fama. Sin embargo, ¿no has deseado mil veces más lo otro: el regreso de algún muerto? Y no lo has conseguido. Sólo se cumplen los deseos mezquinos, superfluos, desvergonzados.
Los grandes, los dignos de un ser humano, no llegan a realizarse. Ninguno volverá, ninguno vuelve nunca; podridos están aquellos a los que odiaste, podridos están aquellos a los que amaste. ¿Sería posible amar más? ¿Hacer, mediante más amor, que un muerto vuelva a la vida? ¿Nadie habrá amado suficientemente todavía? ¿O bastaría una mentira que fuera tan grande como la Creación?
La historia de un hombre que oculta a todos la muerte de la persona más cercana a él.
¿Se avergüenza acaso de esa muerte? ¿Y cómo logra ocultársela a todos? ¿Recupera la vida de esa persona en los que nada saben de su muerte? Y ella, ¿dónde está? ¿Está con él? ¿En qué forma? Él la cuida, la viste, le da de comer. Pero ella jamás puede abandonar la vivienda y él nunca viaja, nunca se aleja de ella por más de pocas horas.
Él no recibe visitas. Dice que ella no quiere ver a nadie. Y añade que se ha vuelto extraña y no soporta a nadie. Pero a veces, en el teléfono, habla como ella y también escribe todas sus cartas.
Y así él vive por ambos. Se convierte en ambos. Se lo cuenta todo, le lee en voz alta. Al igual que antes, comenta con ella lo que debe hacer y a veces se enfada por su testarudez. Pero al final siempre logra arrancarle una respuesta.
Ella está muy triste porque no ve a nadie, y él tiene que consolarla y alegrarla.
Y él, con un secreto semejante, se convierte en el hombre más extraño del mundo, que debe comprenderlos a todos para que ellos no lo comprendan.
En todos estos últimos años, mientras ponía en negro sobre blanco mis soberbias frases contra la muerte, personas han sido torturadas y asesinadas de la manera más vil.
La violencia de los poderosos ha provocado la violencia de los depauperados. Nada resulta más comprensible, y mucho me cuidaré de equipararlas. Sin embargo, hay algo en la violencia que nadie ha examinado a fondo aún, y es eso lo que debería suceder por fin.
Si fuera del todo sincero conmigo mismo, diría que desearía destruir todo lo que ha representado Joyce.
Estoy contra la vanidad del dadaísmo en la literatura, que se alza por encima de las palabras. Adoro las palabras intactas.
La parte más verdadera de la lengua son para mí los nombres. Puedo atacar y derribar los nombres, pero no hacerlos pedazos.
Eso vale incluso para el nombre de aquel al que más odio, el inventor y custodio de la muerte: Dios.