There are times when creation can be achieved only through destruction. The urge to destroy is then a creative urge.

En el fondo, la conquista no sólo es el origen, es también el fin supremo de todos los Estados grandes o pequeños, poderosos o débiles, despóticos o liberales, monárquicos o aristocráticos, democráticos y socialistas también, suponiendo que el ideal de los socialistas alemanes, el de un gran Estado comunista, se realice alguna vez.

Que ella fue el punto de partida de todos los Estados, antiguos y modernos, no podrá ser puesto en duda por nadie, puesto que cada página de la historia universal lo prueba suficientemente. Nadie negará tampoco que los grandes Estados actuales tienen por objeto, más o menos confesado, la conquista. Pero los Estados medianos y sobre todo los pequeños, se dirá, no piensan más que en defenderse y sería ridículo por su parte soñar en la conquista.

Todo lo ridículo que se quiera, pero sin embargo es su sueño, como el sueño del más pequeño campesino propietario es redondear sus tierras en detrimento del vecino; redondearse, crecer, conquistar a cualquier precio y siempre, es una tendencia fatalmente inherente a todo Estado, cualquiera que sea su extensión, su debilidad o su fuerza, porque es una necesidad de su naturaleza. ¿Qué es el Estado si no es la organización del poder? Pero está en la naturaleza de todo poder la imposibilidad de soportar un superior o un igual, pues el poder no tiene otro objeto que la dominación, y la dominación no es real más que cuando le está sometido todo lo que la obstaculiza; ningún poder tolera otro más que cuando está obligado a ello, es decir, cuando se siente impotente para destruirlo o derribarlo. El solo hecho de un poder igual es una negación de su principio y una amenaza perpetua contra su existencia; porque es una manifestación y una prueba de su impotencia. Por consiguiente, entre todos los Estados que existen uno junto al otro, la guerra es permanente y su paz no es más que una tregua.

Está en la naturaleza del Estado el presentarse tanto con relación a sí mismo como frente a sus súbditos, como el ob

Que no se objete que el cristianismo ordena a los niños a amar a sus padres, a los padres a amar a sus hijos, a los esposos a feccionarse mutuamente. Sí, les manda eso, pero no les permite amarlo inmediata, naturalmente y por sí mismos, sino sólo en dios y por dios; no admite todas esas relaciones actuales más que a condición de que dios se encuentre como tercero, y ese terrible tercero mata las uniones. El amor divino aniquila el amor humano. El cristianismo ordena, es verdad, amar a nuestro prójimo tanto como a nosotros mismos, pero nos ordena al mismo tiempo amar a dios más que a nosotros mismos y por consiguiente también más que al prójimo, es decir sacrificarle el prójimo por nuestra salvación, porque al fin de cuentas el cristiano no adora a dios más que por la salvación de su alma.

Aceptando a dios, todo eso es rigurosamente consecuente: dios es lo infinito, lo absoluto, lo eterno, lo omnipotente; el hombre es lo finito, lo impotente. En comparación con dios, bajo todos los aspectos, no es nada. Sólo lo divino es justo, verdadero, dichoso y bueno, y todo lo que es humano en el hombre debe ser por eso mismo declarado falso, inicuo, detestable y miserable. El contacto de la divinidad con esa pobre humanidad debe devorar, pues, necesariamente, consumir, aniquilar todo lo que queda de humano en los hombres.

La intervención divina en los asuntos humanos no ha dejado nunca de producir efectos excesivamente desastrosos. Pervierte todas las relaciones de los hombres entre sí y reemplaza su solidaridad natural por la práctica hipócrita y malsana de las comunidades religiosas, en las que bajo las apariencias de la caridad, cada cual piensa sólo en la salvación de su alma, haciendo así, bajo el pretexto del amor divino, egoísmo humano excesivamente refinado, lleno de ternura para sí y de indiferencia, de malevolencia y hasta de crueldad para el prójimo. Eso explica la alianza íntima que ha existido siempre entre el verdugo y el sacerdote, alianza francamente confesada

It is not true that the freedom of one man is limited by that of other men. Man is really free to the extent that his freedom, fully acknowledged and mirrored by the free consent of his fellowmen, finds confirmation and expansion in their liberty. Man is truly free only among equally free men; the slavery of even one human being violates humanity and negates the freedom of all.

Works in ChatGPT, Claude, or Any AI

Add semantic quote search to your AI assistant via MCP. One command setup.

The people are committed to ruinous policies, all without noticing. They have neither the experience nor the time to study all these laws and so they leave everything to their elected representatives. These naturally promote the interests of their class rather than the prosperity of the people, and their greatest talent is to sugarcoat their bitter measures, to render them more palatable to the populace. Representative government is a system of hypocrisy and perpetual falsehood. Its success rests on the stupidity of the people and the corruption of the public mind.

Oroszországban nehéz, sőt majdnem lehetetlen megállnia a hivatalnoknak, hogy ne váljék tolvajjá. Először is mindenki lop körülötte, s a szokás neki is természetévé válik, ami azelőtt rosszallást keltett, utálatosnak tűnt, hamarosan természetessé, elkerülhetetlenné, szükségszerűvé lesz; másodszor az alárendelt sokszor maga is kénytelen valamilyen formában sápot adni följebbvalójának; végül pedig azért, mert ha valaki fejébe veszi is, hogy becsületes ember marad, társai és főnökei gyűlölni fogják: először kikiáltják csodabogárnak, barbárnak, összeférhetetlennek, és ha nem javul meg, még liberálisnak, veszedelmes szabadgondolkodónak is; addig nem lesz nyugtuk, amíg teljesen el nem tapossák, és el nem söprik a föld színéről.

Look into yourself and tell me truthfully: are you satisfied with yourself and can you be satisfied? Are you not all sad and bedraggled manifestations of a sad and bedraggled time? — are you not full of contradictions? — are you whole men? — do you believe in anything really? — do you know what you want, and can you want anything at all? — has modern reflection, the epidemic of our time, left a single living part in you; and are you not penetrated by reflection through and through, paralyzed and broken? Indeed, you will have to confess that ours is a sad age and that we all are its still sadder children.

Amar é querer a liberdade, a completa independência do outro, o primeiro ato do verdadeiro amor, é a emancipação completa do objeto que se ama; não se pode verdadeiramente amar senão a um ser perfeitamente livre, independente não somente de todos os outros, mas mesmo e sobretudo daquele pelo qual é amado e que ele próprio ama.

The freedom of each is therefore realizable only in the
equality of all. The realization of freedom through equality, in principle and in fact, is justice.

The most terrible poverty, however, even when it strikes a proletariat numbering in the many millions, is not a sufficient guarantee of revolution. Nature has given man an astonishing and, indeed, sometimes despairing, patience, and the devil knows what he will not endure when, along with poverty that condemns him to unheard-of privations and slow starvation, he is also endowed with obtuseness, emotional numbness, lack of any consciousness of his rights, and the kind of imperturbability and obedience that particularly characterize the east Indians and the Germans, among all nations. Such a fellow will never take heart; he will die, but he will not rebel.